PREGONES SANTA ANA 2003 , 2002 , 2004 , 2005 , 2001 y 2006
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PREGÓN DE SANTA ANA 2003

Por Santiago Martín Mateos

Buenas tardes y bienvenidos, Señor Alcalde, Autoridades y "ALBERGALLOS", todos. Hombres y mujeres, jóvenes y niños. Propios y foráneos, bienvenidos todos a la fiesta mayor de ALERGUERÍA DE ARGAÑAN, que desde hoy nos agrupa en uno de los mejores y más antiguos municipios de la comarca de Argañan, el de mas solera y abolengo en el Oeste de Salamanca.
La Alberguería de Argañan está inmersa en los viejos caminos de la piel de toro Ibérica; en el borde de las rutas de penetración fenicia y céltica. Esta es tierra de Wectones, cosida en la linde lusitana, por la ribera del Coa y la Sierra de la Estrella con el Sabugal que fue "tierra de Ciudad Rodrigo".
Estas cañadas fueron anchas vías de Cartago y de Roma, mas tarde inviolables caminos de trashumancia que van entre cercados de piedra cruzando el monte.
Nuestro pueblo, que es el vuestro, el de todos que se acercan a estas tierras, tiene mucha historia, escrita y sin escribir. Buena muestra son los vestigios de los poblados primitivos de Val de la Mancha, de los Pedernales, Val de Redondo, Los Cotorritos y algunos mas en las Remalladas y.. luego en el centro, el Señorío, en torno al cual vivían aquellos.
Nuestro pueblo siempre tuvo fortaleza, símbolo de poder y grandeza. Con el transcurso de los años, de los siglos, fue cambiando y desde 1400 (Siglo XV)ya tenemos datos escritos y certeros de lo que era el Señorío de Alberguería (tierra de acogida) y eso queremos que siga siendo, sobre todo en estas fechas y más que nunca ahora que los hombres y mujeres gracias a los medios de comunicación, la cultura y el conocimiento, vamos por otras tierras y traemos personas para que nos acompañen y disfruten de la buena acogida de los Albergallos;
Que nos se sientan forasteros, que participen de nuestra alegría, que vivan con nosotros y que se lleven allá donde quiera que vayan el recuerdo de un pueblo que hace honor a su nombre: ALBERGUERÍA. Así haremos que el pueblo, (nuestro pueblo) sea más grande: ¡(Bienvenidos a todos, estáis en vuestra casa!.
Muchos no sabíamos que nuestro gentilicio es ALBERGALLOS, tampoco que nuestra gente, que ahora puebla nuestra tierra, tiene nada que ver con los últimos señores conocidos, "Los Pacheco".
Aquí somos, como algunos han señalado, producto de una encrucijada de caminos que siempre ha sido Alberguería.
A nuestro pueblo han llegado Castellanos, gallegos, de ahí todos los Martín y López que a su vez procedían de Francia. Pero antes, mucho antes, están los Iberos. Tenemos influencias musulmanas y por eso nuestro espíritu aventurero, recordemos varios de nuestros antepasados recientes que se fueron a descubrir el nuevo mundo, "Las Américas".
A nuestro pueblo, en cambio, llegaron los alemanes y buen recuerdo lo tenemos en D. Oscar que en los albores del SIGLO XX eligió nuestro pueblo para desarrollar sus conocimientos y dar a una zona perdida en el mapa el mayor invento hasta entonces conocido y que luego fue motor de desarrollo del mundo y en todo el siglo XX: La energía Eléctrica.
Recuerdo que me decían los de la época 1908-1910 que cuando llegó D. Oscar se fijó en la Ribera del Risco (porque no del Muro que se hizo después). Los más pequeños al oír hablar de lo que allí se iba a hacer y como las palabras eran desconocidas para cualquiera del vulgo, se oía entre los chiquillos "Que viene la LITRECA" y otros que lo habían escuchado de distinta forma decían (no! "viene la TRIANGA". Lo cierto es que nuestro pueblo fue pionero en tener electricidad, solo Ciudad Rodrigo, que estaba a un día de camino, tenía electricidad, y algunos, no todos. Ahora tiene TV.
Nuestro pueblo, Alberguería, ha sido siempre ganadero y agricultor, buena muestra de ello son la cantidad de molinos de piedra, movidos por las corrientes de agua de las Riberas del Risco, Los Basiles o Moheda. Unos muy antiguos, otros que aún siéndolo convivieron con el desarrollo, como el de Isidoro que aguantó él desbanque de la electricidad, hasta que ya no llovía tanto y los costales eran demasiado pesados para su frágil estatura.
Alberguería tiene historia y con ella sus mujeres y hombres que día tras día, noche a noche han sabido sortear los avatares de la vida.
Muchos recordarán aquella época en la que por nuestro pueblo pasaban, camino de Portugal, piedras de molino. Las yuntas iban por ellas a Espeja, que tenía tren y luego, con los carros, camino de la RAYA y de allí a Portugal.
Nuestro pueblo fue importante y así tenemos que desearlo e intentar que continué.
Como Aduana que fue, ya en 1600, en Alberguería siempre hubo funcionarios de hacienda, por tanto buenas casas, luego como tal llegaron los carabineros para el Resguardo Fiscal y aquí se establecieron y algunos se quedaron para siempre y sus hijos continúan amando el pueblo aunque ahora hayan salido a otras partes de España hoy vienen a visitarlo.
Buena muestra de la importancia de Alberguería la da el que el día 22 de febrero de 1909 fue creado un embrión de BANCO, el llamado SINDICATO AGRÍCOLA, cuando la población rondaba los MIL habitantes y cuyo Presidente fue D. JUAN ANTONIO SANTOS y firmaban el acta de fundación Florencio Carreño, Juan Ruperto Cantero, José Acosta, Guillermo Pascual, Francisco Mateo, Mariano Alvarez, Demetrio Mateos, Narciso Díaz y Francisco González.
Como decía Alberguería siempre ha sido lugar importante y por los años 30 se hizo la carretera con añoranza de revitalizar la Aduana.
Con la aparición de los vehículos a motor, un tío mío pensó en poner una línea desde aquí a Ciudad Rodrigo y sin apenas saber conducir y teniendo menos conocimientos de mecánica se compró un coche y se vino para acá por el camino que había y no llegó a Martihernando. Allí terminó su Odisea y se rompieron las esperanzas de tener un vehículo a motor desde Alberguería a Ciudad Rodrigo. Mas tarde lo pondría Fidel Carabinas.
Los años siguen, se hace la carretera, el pueblo aumenta de población, son años de esperanza y estraperlo. Por Alberguería pasaron mucha comida y utensilios para aquella España maltrecha por la Guerra y luego por el Ciclón del 40.
Pensemos en nuestras fiestas en honor a Santa Ana, Patrona por excelencia de muchas ciudades castellanas.
Recuerdo aquellas fiestas donde todo el pueblo participaba en los actos religiosos y lúdicos.
A primeros de año las jovencitas y los muchachos estaban temblando. )Me nombrarán Madrina, seré Padrino?. Se preguntaban. Eran 12, seis de cada y aquello suponía, dependiendo de las economías, tener un vestido de madrina, mantilla y peineta incluida, para la Procesión y la Misa. Los jovencitos un traje y la mejor camisa. Por la tarde, para el Ofertorio había que tener otro traje o vestido mas desenfadado y con el cual irías al baile. Los mejores zapatos.
Los actos oficiales comenzaban el día de la Ascensión donde todos, padrinos y madrinas nombrados visitaban a cada uno de los compañeros y así de casa en casa sintiendo desde ese momento la hermandad de la Fiesta Grande del día de Santa Ana, se procuraban los trajes parecidos, para conjuntar la pareja. Con los bizcochones era otra tragedia, a ver donde se hacían, nadie quería ir a comprarlos, Fuenteguinaldo era el sitio más cercano, pero no sabían igual.
Que si se hacen en el horno de tal o de cual. Todos tenian sus preferencias para que supieran mejor y crecieran más.
Luego venían las corridas, que no podemos llamarlas de toros aunque alguna vez vi alguno de la dehesa, el Guadañas y el Salino, que más que bravos eran muy grandes y asustados con tanto barullo.
Quiero recordar los años en que vinieron varias tómbolas y aquellos cayados de caramelo. Entonces nuestro pueblo era muy conocido por los alrededores y más allá. Las fiestas comenzaban la víspera de Santiago, (Patrón de España) ahora... devaluado, continuaban con Santa Ana Grande, Misa Mayor, Procesión, convite y Ofertorio. Luego Santa Ana Chica con encierro y corrida y al siguiente día, otra corrida mas aunque fuera en un corral de los muchos y grandes que hay o en alguna "cortina" para que con los carros no se estropearan las vacas, porque siempre se escapaba alguna que juraba por debajo de algún carro o no llegaba a la Calle Grande.
Recuerdo los años, unos de prohibición y otros no en que se celebraban las corridas en cualquier lugar. Muchos, casi siempre, en la Plaza, al lado de la antigua puerta de la Iglesia y en torno al Álamo. No hacía falta arena, la Plaza era de tierra y el Álamo hueco y gordo, para con sus dos peldaños, hacer de burladero, sortear a las vacas o toros (Que años aquellos! Donde las ramas parecían llenas de una manada de pájaros con sombrero.
Los carros se venían abajo abarrotados de gente, muchos foráneos, de Portugal, gran parte.
También la plazuela del Potro dio sus tardes y allí comenzamos a ver al torero de nuestro pueblo, a Andrés Duque.
En esas segundas o terceras corridas de la Fiesta de Santa Ana se hicieron en el corral de "Tío Gordo" hoy casa de Amadeo, allí, a la sombra del cerezo, que a su vez hacía de burladero y las higueras que había dentro del recinto.
Nuestras fiestas han sido y son grandes, todo Portugal venía a nuestro pueblo, gente de Casillas, Alamedilla y Fuenteginaldo hacían los encierros.
Ahora que estamos recordando es bueno tener un recuerdo y un aplauso para: y perdón por lo de Tía o Tío, (propio de nuestro pueblo) y digo de "Manuela Alfonso, tía Sarralleira" que acogía a muchos forasteros o antes a "María Cruz Díaz"con su posada en la plaza, de la cual soy biznieto. A Isidro Alfonso, carpintero y artista de pro.
Tampoco hay que olvidarse de "tío Fermín " el de la Moheda o de Culón el de Guinaldo que fueron piezas clave de nuestros festejos. Como tampoco podemos olvidarnos, si bien es mas reciente el recuerdo, de Luciano Nava que siempre tenía el salón lleno y que siempre se esforzó por unir todos los pueblos, también Portugal y España.
Después de estas añoranzas pido a todos los paisanos y paisanas que iniciemos nuestras fiestas que con el nuevo milenio le demos nuevos aires y que no nos olvidemos de lo añejo y volvamos a darle a Alberguería el prestigio que ahora recordamos y seguro que tenemos.
Tampoco nos olvidemos del pueblo, de sus calles y sus casas, por ellas también pasa el tiempo, que estén acordes a los tiempos. Mas nuevas, que cada día estén mas llenas de alegría, luz y amor.
Que Santa Ana nos ayude, nos dé salud para ver muchos inicios de Fiesta como este, por eso...
Decid todos conmigo:
VIVAN LOS MAYORDOMOS
VIVAN LOS PADRINOS Y LAS MADRINAS
VIVA SANTA ANA
VIVA ALBERGUERIA
PREGÓN A SANTA ANA 2002

PREGÓN PARA LA FIESTA MAYOR DE ALBERGUERIA DE ARGAÑAN

26 de julio de 2002
Por Antonio Ríos Espáriz.

Buenas tardes, queridos amigos. Un saludo muy cordial a cuantos os encontráis aquí con el ánimo dispuesto a escuchar este modesto pregón, felicidades a todos los que os habéis acercado a este maravilloso pueblo para celebrar con vuestros amigos, vuestros paisanos y familias las entrañables fiestas en honor a Santa Ana y un agradecimiento muy especial a mi mujer e hijos que han hecho el sacrificio de acompañarme desde Galicia con el único objeto de celebrar este acto.

Apenas contaba yo tres años de edad y ya mis padres me enviaban aquí a pasar largas temporadas con los abuelos, tios y primos con los que compartí muchos de los mejores momentos de mi vida. Luego, durante la pubertad y en mi juventud, seguí acudiendo a estas citas albergallas aprovechando cualquier tipo de vacaciones, por cortas que fuesen, para encaramarme en el “coche de línea” de Fidel, primero, y de Aníbal, después, y venir a Alberguería.

Pero, en todas estas mis idas y venidas, jamás pasó por mi imaginación que, andando el tiempo, iba a tener el honor de protagonizar un acto tan emotivo como el de ser pregonero de unas fiestas tan dignamente presididas por una Santa que, a fuerza de ser santa, fue incluso la madre de la Virgen. Creo que vuestra elección se ha debido mas al cariño que me profesáis que a los méritos que hayáis podido encontrar en mi persona para merecer semejante honra.

Ante todo, permitidme que os haga partícipes del orgullo que siento al considerarme hijo de un pueblo con tanta historia a veces de gloria y esplendor y otras de dolor y desengaño, habitado por unas gentes no menos dignas de ser ensalzadas, que no aduladas, a las que siempre he querido porque supieron hacerme feliz durante mis largas estancias en este municipio.

Y porque quiero trasmitiros este sentimiento de orgullo, porque pretendo que vosotros también os sintáis orgullosos, concededme unos minutos para sacar a la palestra unos apuntes sobre el devenir de la historia de esta villa y del castillo que la preside.

Cuando empecé a indagar en las posibles fuentes que me permitieran reconstruir, siquiera vagamente, la historia de este pueblo, lo primero que se me ocurrió fue bucear sus orígenes en las enciclopedias. Todas ellas me decepcionaron enormemente porque apenas se refieren a la extensión del término municipal, unos 30 kilómetros cuadrados-o lo que es lo mismo, unas 3.000 hectáreas-, y al número de habitantes, variable en cada una en función de la fecha de su edición.

Ni siquiera la célebre Enciclopedia Espasa se extiende mucho más; pero añade un dato nuevo que a mi me parece revelador de la magnitud y relevancia del pueblo a comienzos del siglo XX: en 1909, Alberguería contaba con 377 edificios y 958 habitantes, cifras muy superiores a las de los poblados de su entorno, lo que constituye un indicador clave de la importancia del pueblo en el conjunto de la comarca. Pero en ninguna de estas publicaciones se hace referencia a ese castillo que tanto llama mi atención a pesar de su ruinoso estado. Era necesario, por tanto, seguir investigando.

El manejo de las enciclopedias me sugirió una nueva línea de investigación derivada hacia la semántica: ¿Cuál sería la procedencia de un nombre tan altisonante? Acudí al Diccionario de la Real Academia Española y allí descubrí que Alberguería, en su primera acepción, significa “posada, mesón o venta” ; y en la segunda y última, “casa destinada a recoger a los pobres”. Mientras que el términos Argañan parece provenir, según nuestro querido historiador don Mateo Hernández Vegas en su obra Ciudad Rodrigo, la catedral y la ciudad, de la palabra argaña, “conjunto de filamentos de la espiga”. En mi modesta opinión, el apelativo debe referirse a que los terrenos de esta comarca estuvieron desde antaño dedicados a los cultivos de secano, especialmente de cereales, es decir, estarían en su mayoría cubiertos de espigas y, por tanto, de argañas. Y de ahí el genitivo que se aplica a la comarca de Argañan.

Así pues, debemos establecer, sin ánimo de sentar cátedra, que Alberguería pudo empezar siendo algo así como una posada situada, dentro del campo de Argañan, en una importante encrucijada de caminos que conducían a la Lusitania. Quizás por eso de haber sido antes “posada”, o “casa destinada a recoger a los pobres”, ha sido luego un pueblo tan hospitalario y acogedor.

Abandonando la etimología y entrando de lleno en la historia que Alberguería ha compartido con tantos pueblos de la Raya, como se llama aquí la frontera con Portugal, recordaremos, en breve resumen, lo que imaginamos que puede haber sido ese devenir histórico, aunque carezcamos de los datos necesarios para situar inequívocamente la fecha de nacimiento de este precioso pueblo.

La Edad del Bronce y la Edad del Hierro dejaron ya por estas tierras ídolos y esculturas zoomorfas que representan a verracos y toros dispersos por toda la geografía fronteriza, así como algunos conjuntos funerarios que precedieron al levantamiento de los castros y aldeas amuralladas.

El belicoso pueblo vetón ocupa y domina en estos primeros tiempos la comarca mirobrigense, y suponemos que esta influencia se extendería a estos confines albergallos hasta la llegada de la cultura romana, que se impone finalmente en todo el territorio de la Lusitania, en que quedó integrado nuestro querido pueblo.

Una etapa de cierta obscuridad histórica se desarolla durante la denominación de los pueblos bárbaros, y posteriormente de los árabes, conservándose escasas referencias de su establecimiento en la zona.

Habrá que esperar al siglo XII para que el rey Fernando II de León inicie sucesivas repoblaciones con gentes traidas de provincias limítrofes, e incluso de Francia, que se consolidan los núcleos predominantes de la frontera. A partir de entonces, la Raya se puebla de castillos, fortalezas, murallas y torres de vigía.

Los siglos XIV y XV contemplan los periodos de enfrentamiento y gran belicosidad, que tendrán en los siglos XVII y XVIII un notable recrudecimiento con el advenimiento de la guerra con Portugal, hecho éste que coincidirá con el nacimiento de nuevas y poderosas fortificaciones fronterizas. Pero, para el momento de iniciarse la guerra con el vecino país, nuestro querido castillo contaba ya casi 200 años de edad, pues debió construirse hacia 1450 (es decir, hace la friolera de 550 años), según la descripción que de él se hace en el Tomo I de Los Castillos de España y que reza así:

Castillo de Alberguería (finales del s. XV)

“Es un recinto de forma trapezoidal cuyos muros, de mampostería de granito, están reforzados en los ángulos con torres de sillería. Los restos de almenado hacen suponer que fueron remate, aunque suprimido a finales del s. XVII o principios del XVIII, para adecuar la fortaleza a las necesidades estratégicas de aquella época.

Las ventanas, algunas de regular tamaño, indican cierta comodidad y elegancia en las habitaciones domésticas. El motivo de bolas que aparece en las ventanas, nos lleva al reinado de los Reyes Católicos.

A través de ciertos documentos de esta época, sabemos que Esteban Pacheco tenía castillo sin jurisdicción señorial, y que el 1464 Alvar Pérez de Osorio “tenía horca” (es decir, podía administrar justicia e imponer la pena de muerte) y había construido una fortaleza que sería la actual. Las restantes noticias que tenemos se refieren a la guerra de Sucesión portuguesa. En el año 1660, tropas portuguesas consiguieron apoderarse de él y lo fortifican. Sería quizás este momento cuando se suprime el almenado y se abren las troneras para la artillería. Un año mas tarde es recuperado por las tropas españolas. En el XVIII se le describe como perteneciente al marqués de Cerralbo y totalmente arruinado, aunque en los informes redactados hacia 1735, al plantearse la reorganización de las defensas de la frontera portuguesa, era considerado como uno de los puntos de apoyo de la línea formada por el Fuerte de la Concepción ( en Aldea del Obispo), Ciudad Rodrigo y San Felices de los Gallegos”.

Hasta aquí la referencia.
Pero sigamos removiendo la historia gloriosa de nuestro querido castillo, que no deja de ser también la del propio pueblo. Según Dionisio Nogales Delicado, otro gran historiador mirobrigense, “ya se habla de él en una escritura de venta de la mitad del lugar de Abusejo, otorgada en 1466 a favor de Ropdriguez Pacheco y su sobrina, doña María Pacheco, mujer de Alvar Pérez de Osorio, señores de Alberguería”, apunte que corrobora la noticia que obra en el citado Tomo I de Los Castillos de España.

Pero fue durante la guerra de la independencia portuguesa –también llamada de la restauraçao-, que comenzó en 1640 con el nombramiento como rey portugués, contra la autoridad de Felipe IV, del duque don Juan de Braganza, cuando mas avatares sufrió nuestro querido fortín. Y así cuenta el mismo don Dionisio en su Historia de Ciudad Rodrigo, que el tal duque de Braganza, “abandonando la actitud defensiva que hasta allí (es decir, hasta aquellos momentos) había mantenido, atacó a Alberguería de Argañan, pueblo entonces fuerte, (y esto lo subrayo porque una expresión tan contundente se lo merece) del cual se apoderó e hizo una inmensa hoguera, mas como no pudiera reducir el castillo que la protegía, se retiró a Alfayate, no sin antes talar la campiña y llevarse los ganados”.

No quedó ahí la cosa, ya que veinte años después., precisamente el 10 de marzo de 1660, vuelve nuestro querido pueblo a sufrir otro embate al invadir nuestros vecinos portugueses el campo de Argañan, en esta ocasión sí que consiguieron no solo apoderarse del castillo, sino que hasta tuvieron tiempo de fortificarlo. Sin embargo, es de suponer que los españoles volvimos a recuperarlo en poco tiempo, ya que dice don Mateo Hernández Vegas en la obra antes citada, que “el día 11 de agosto de 1661 (es decir, al año siguiente), en la catedral de Ciudad Rodrigo se celebra con una misa solemne la toma de Alberguería”.

No obstante, tampoco esta vez nos duró mucho la alegría, pues según Sánchez Cabañas- un insigne historiador mirobrigense que murió a principios del siglo XVII -, el conde de Mesquitelle, gobernador de (la provincia portuguesa de) Tras-os-Montes, vino expresamente desde Castel Rodrigo a poner sitio al castillo de Alberguería, cuyo gobernador Antonio de Andrade “no supo defender mas de seis horas”.”

Nada menos que 28 años duró esta cruenta guerra con Portugal, que terminó en 1669 cuando, al morir Felipe IV, la reina viuda doña Mariana firmó un tratado reconociendo la independencia del país vecino. Alberguería, como tantos otros pueblos y ciudades de la Raya, tardó mucho en recuperarse después de estos años de inquietud continua, de incendios de pueblos, mieses y bosques; de saqueos de aldeas y robos de ganados; de paralización completa en la agricultura, industria y comercio; de epidemias, despoblación y ruina total para toda la región.

Pero tampoco terminaron aquí las penas para esta Alberguería de nuestra alma. En el año 1704, apenas comenzada la guerra de Sucesión española, en la que Portugal estuvo aliada con Alemania, Austria, Inglaterra y Holanda en contra de nuestro futuro rey Felipe V de Borbón, “por orden del comandante de la frontera, y para que el enemigo no se aprovechase de ellos, quemaron todos los campos de pan (es decir, las tierras de cereales) del campo de Argañan y de muchos pueblos, obligando a todos los vecinos a abandonar sus casas, templos y haciendas y refugiarse con sus familias en Ciudad Rodrigo, lo cual causó tanta desesperación, sobre todo a los labradores, que de repente se veían reducidos a la más espantosa miseria y desamparo, que muchos se entregaban y entregaban a sus hijos a las llamas por no sufrir tan mortal congoja”.

Así se despoblaron totalmente mas de veinte lugares de Argañán –entre ellos nuestra Alberguería, por ser plaza fuerte y de importancia estratégica-, situación que duró hasta octubre de 1707. Como consecuencia de haberse aglomerado en Ciudad Rodrigo todos los vecinos del campo de Argañán, y en parte los de Robledo y Camaces, sobrevino una epidemia tan espantosa que murieron mas de 30.000 personas, la mayor parte labradores refugiados, lo que me da pie para pensar que muchos de aquellos nuestros convecinos ni siquiera tuvieron la oportunidad de regresar a sus hogares, o a lo que quedara de ellos, cuando alumbró la paz por estas tierras.

De la importancia de Alberguería en el entorno de la comarca a mediados del siglo XVIII nos deja constancia el célebre Libro del Bastón, redactado por el Corregimiento de Ciudad Rodrigo, en que se dan respuestas al cuestionario real dictado en 1769, reinando Carlos II, para preparar la repoblación de las regiones despobladas, entre la que se contaba la provincia de Salamanca.

Alberguería era entonces una villa de realengo, es decir, libre, no perteneciente a ningún señorío ni orden religiosa, que contaba con 57 vecinos- lo que equivale a un censo de unos 350 habitantes-, mientras que Alamedilla no pasaba de los 40 vecinos, Casillas de Flores andaba en los 25, Puebla de Azaba tenía 17 e Ituero de Azaba se situaba en los 30. El pueblo mas importante de la comarca de Arganán era en aquellos tiempos Fuenteguinaldo, villa de señorío perteneciente a la Casa y Estados del Duque de Alba, que ya por entonces contaba con 185 vecinos(o sea, mas de mil habitantes). Todo ello de un total de 8.600 vecinos que habitaban en el corregimiento de Ciudad Rodrigo.

También, en esta misma fuente, se dice que Alberguería contaba con una de las 18 aduanas que salpicaban la frontera de Salamanca con Portugal.

Para terminar este resumen histórico hay que añadir que sería pueril pensar que Alberguería saliera de rositas y no sufriera también, en mayor o menor grado, las consecuencias de la terrible Guerra de la Independencia, aunque no fuera de una forma directa, como parece probar la falta de referencias concretas en los legalos históricos que hablan de la cruenta contienda. Pero mucho nos extrañaría que, estando situada a escasas leguas de Ciudad Rodrigo, ciudad largamente asediada por las tropas francesas, primero, e inglesas, después, no sufriera también las correrías de uno u otro bando en sus propias carnes. En cualquier caso, seguro que tuvo que soportar la hambruna y las escaseces propias de estos desgraciados avatares, que no cesaron de castigar estas tierras hasta el año 1812.

En fin, creo que toda esta relación de hechos y anécdotas que nos presentan la historia y las estadísticas es más que suficiente para ensalzar las grandezas objetivas de nuestro pueblo, y para hacer que nos sintamos un poquito mas orgullosos de ser sus hijos. Porque no cabe duda de que el sabernos nacidos a la sombra de un edificio tan noble que llegó a constituir uno de los cuatro baluartes de la raya de Portugal en nuestra provincia, es algo que satisface íntimamente por su propia esencia.

Claro que de no haber tenido unos antecedentes tan linajudos, tampoco hubiéramos dejado de profesar un enorme cariño a esta maravillosa tierra. Es decir, para mí, aunque de procedencia mirobrigense me he considerado siempre albergallo, como para todos los que aquí nacieron y se criaron, Alberguería era, es i seguirá siendo, per se, el mejor pueblo de la comarca y de toda España entera, si se me permite hasta tal punto la exageración. Buena prueba de ello es que jamás tuvimos envidia de ningún otro, porque nunca echamos nada en falta que no nos fuera proporcionado a manos llenas por nuestra Alberguería

Pero personalmente no me siento orgulloso de este pueblo solo porque disfrute de unpos antecedentes históricos dignos de todo encomio, o porque esté rodeado por unos parajes tan bellos y agrestes, pero a la vez tan acogedores, como los que aquí nos abrazan desde los cuatro puntos cardinales. Alberguería tiene otros méritos y otras virtudes que han florecido y residen desde siempre en sus moradores: gentes sencillas, afectuosas, bienintencionadas, sociables y hospitalarias, que han sabido hacer de la amistad y el cariño a los demás dos de sus mas relevantes virtudes.

Sería misión casi imposible intentar recordar aquí, sin hacer interminable la lista, a todas aquellas personas maravillosas, desgraciadamente ya desaparecidas, que contribuyeron a sembrar entre nosotros el amor al terruño. Baste decir, como mas representativas y a modo de ejemplo, a las siguientes: a nuestro párroco don Silvestre y a su eficaz sacristán, el Sr. Ángel el negrito (y perdón por la familiaridad), padre de uno de nuestros queridos mayordomos, el “ que mas latín sabía, después del cura”, según propias manifestaciones, y que compartía su oficio de carnicero con aquel enorme hombretón que me parecía a mí el tío Bachán; a mi abuelo Pepe, durante tantos años médico de Alberguería y Alamedilla; a don Luis, el maestro, siempre con la coolilla entre los dedos; a doña Perpétua , aquella inolvidable señora que, amén de enseñar al que no sabía- como reza una de las obras de misericordia- era capaz de limpiar los mocos a todos los zagales del pueblo de una sentada con un mismo pañuelo; a aquel pedazo de buen hombre que era nuestro alcalde, Paco, progeni tor y predecesor del actual; al tío Ignacio el tamborilero, que tantas bodas, bautizos y bailes amenizó al son de la gaita y el tamboril; a su yerno, el buen Nicasio, que compartía el oficio de herrero con Duque; al tío Luciano Nava, navito, propietario del salón en el que aprendimos a bailar pasodobles toda la muchachada del pueblo; a la familia Tetilla, que alojó en su casa la primera y única central telefónica aquí establecida; a nuestras panaderas, Emiliana, Adelaida y Carmen, que hacían un pan que estaba de rechupete; a los zapateros Nicomedes e Ignacio que tan bien acertaban a remachar aquellas puntas que siempre perforaban el tacón de las sandalias que calzábamos por entonces; y, en fin, por no alargar mas la relación, a nuestros comerciantes: a la señora Paula, madre de Jesús, otro de los mayordomos de esta dichosa “quinta del 53”, y a mis tios Carmen y Juan. Todos ellos y muchos mas son merecedores hoy de nuestro recuerdo y nuestro cariño. Que Dios los tenga en su gloria.

Así que, con independencia de que la morriña le lleve a uno a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, yo me pregunto: ¿Cómo no añorar con fuerza aquella juventud vivida en un pueblo tan propicio para la felicidad?; ¿Cómo no echar de menos aquellas mañanas en la era disfrutando como enanos sobre el trillo alrededor de una parva cualquiera achicharrada por el sol, haciendo tiempo hasta la hora de compartir amigablemente la comida de la olla con amigos entrañables?; ¿Cómo olvidar aquellos paseos por la dehesa con la pandilla, buscando nidos de aceitunera entre los fresnos, o cazando ranas a golpe de escopeta de perdigón desde la otra orilla de la charca?; ¿cómo no evocar con melancolía aquellas tardes de verano retozando en el “prao” de tío Cecilio, en el Calvario, en los pinos, en la zorrera o en cualquier otro de los bellísimos parajes que salpican los aledaños de este pueblo de ensueño?; ¿cómo no rememorar con nostalgia aquellos atardeceres, sentados alrededor del finado pero inolvidable “árbol gordo”, echando un rato con los amigos a la salida del rosario?; ¿cómo no recordar aquellos seranos en la “fuentita”, haciendo ya los primeros escarceos para encandilar a las mozas más bonitas?; ¿cómo olvidar aquellas noches sentados a la puerta del tío ángel, o arremolinados junto al fuego de la chimenea escuchando aquellos chascarrillos que hacían desternillar de risa a todos los presentes?; ¿cómo no mencionar a aquellas otras veladas sentados a la puerta de mi abuelo Daniel, en las que nos daban las tantas escuchando a través de la entreabierta ventana las canciones de Antonio Molina con las que nos regalaba radio Andorra, “la emisora de los Valles de Andorra”, mientras contemplábamos aquel cielo transparente plagado de inquietas estrellas que recorrían como un relámpago la bóveda celeste en vísperas de San Lorenzo? Tantas horas estrechando lazos de amistad, aprendiendo a conocer y a querer a los demás no podrán desaparecer de la memoria con facilidad, no es posible que lleguen a olvidarse nunca.

Por cierto. ¿Quién no echa de menos aquel entrañable “árbol gordo” que presidió por centenares de años nuestra emblemática plaza mayor? De él dijo don Joaquín Román, canónigo que fue de la S.I.C. de Ciudad Rodrigo, en una poesía admirable que dedicó a mi querido tío Fernando, lo siguiente:

Hay delante de la iglesia de tu pueblo
Un árbol venerando,
Recuerdo de románticas leyendas
Y viejo relicario
De la fe y tradiciones, siempre hermosas,
De aquél terruño charro.
Y terminaba diciéndole al árbol:

Tú has presidido todas nuestras fiestas;
Con todos nuestros gozos has gozado;
Tú has sufrido con todas nuestras penas;
Tú has llorado con todos nuestros llantos.

¡Ojalá seas eterno, árbol querido!

Miles y miles de recuerdos, a cual mas entrañable, se agolpan en mi mente pugnando por asomarse al exterior, pero no quiero aburrir a tan dilecto auditorio con excesivas batallitas, así que, ¿qué mejor broche para rematar estas palabras que sacar a colación las entrañables fiestas de Santa Ana, a las que nunca faltaba mi familia al completo? Creo que entonces todo se vivía con mas intensidad que ahora por la sencilla razón de que estaba uno preparando para ello durante todo el año, ahorrando peseta a peseta para poder hacer esos días lo que no se hacía el resto del año. Que, por cierto, eran cosas tan sencillas como montarse en las barcas , comprarse un helado de barquillo, relamerse con un algodón de azúcar de color de rosa, o beberse una zarzaparrilla.

La verdad es que se disfrutaba a tope de las fiestas porque el resto del año se reducía a ir al baile los domingos, o pasear y charlar con los amigos los días de diario. Por eso los días de Santa Ana se vivían a tope y por eso las caras estaban así de radiantes, mas radiantes que de costumbre, para que hicieran juego con los relucientes vestidos que llevaban un año esperando en el armario. “Este año hay que hacer un esfuerzo, porque acuérdate de que la niña es madrina”, susurraba la madre al oído del padre en la intimidad del dormitorio. Y a la niña no se le quitaban los nervios desde Navidad pensando que tenía que hacer el paseillo, con el roscón y la vela, allí, delante de todo el pueblo.. Eso sí, con un vestido nuevo que era un primor.

La fiesta comenzaba sobre las doce, con la Misa Mayor. Este día se repicaban con fuerza todas las campanas para tocar la primera. Luego se tocaba la segunda y, al cabo de una media hora, la chica. Era entonces cuando las mujeres corrían a ocupar los bancos de la derecha, porque los hombres se reservaban la izquierda. No sé si eso de la izquierda ya era porque los varones siempre han sido más rojillos y menos conservadores que las damas. Algunas de éstas tenían vara alta y disfrutaban de reclinatorio, que era algo así como una prerrogativa de las más afortunadas.

A los hombres, el toque de la chica apenas les decía nada, salvo que había que juntarse alrededor del árbol gordo para fumar un último cigarro, charlar con los amigos y esperar que don Silvestre, o el cura de turno, terminara el sermón. Entonces salía uno de los monaguillos y tocaba las palmas para dar el último aviso. A partir de ese momento, la iglesia se ponía a rebosar y los chorretes de sudor corrían desde el cogote hasta los calcañales, porque hacía siempre un calor de órdago a la grande. Claro que entonces el olor a sudor pasaba inadvertido, porque se daba por descontado que esto era algo consustancial a la raza humana.

Luego se celebraba la procesión. Los padrinos se turnaban para portar las andas de la Santa, mientras hombres y mujeres se colocaban en fila para acompañarla hasta la Cruz entre el repiqueteo de las campanas y el estallido de los cohetes, que solía tirar siempre Nicasio, que era el experto en pólvoras y artificios. Era curioso ver cómo don Silvestre se desgañitaba intentando que el gentío se repartiera entre las dos aceras de la calle, tarea poco menos que imposible ya que cuando la procesión iba hacía la Cruz, toda la gente marchaba por la acera de la derecha; pero cuando volvía, todos giraban sobre si mismos y venían por la misma acera que habían ido. Era lógico ésta era la acera en la que daba la sombra. Y allá, a la una del medio día de un 26 de julio, nadie quería achicharrarse gratis.

A la vuelta, algunos de los “procesionarios” ya no llegaban hasta la iglesia, y entraban directamente en el convite. Es curioso, pero para acceder al salón del Ayuntamiento ya no hacía falta dar palmas, como para Misa, aunque sí que había que dar algún que otro codazo, para que no te avasallaran.

Pero el acto más popular, el acto central del día de Santa Ana la Grande, era el del Ofertorio. Después del rosario, al que casi nadie asistía, se sacaba a la Santa a la sombra del árbol gordo para que presidiera ese acto solemne, y a la vez simpático, que don Joaquín Román supo plasmar con magistral primor en esa poesía de la que ya hemos hablado, diciéndole otra vez al árbol:

Tú eres testigo de la alegre ofrenda
Con la que el pueblo cristiano
A su Patrona insigne
Honra todos los años.
...
Tú has visto a las madrinas más hermosas,
Y a los mozos mas guapos,
Ofrecer a Santa Ana
Las rosas y los ramos
Entre la admiración del pueblo todo
Y el general aplauso.

Tras los padrinos y las madrinas, que hacían dos veces el paseillo para lucirse bien, pasaba el resto del pueblo y cada uno aportaba lo que podía a aquella bandeja con la que la parroquia sacaba la tripa del mal año. Aunque también cooperaba en buena parte al mantenimiento del culto el dinero obtenido con la subasta de los exquisitos roscones que elaboraban con todo primor y esmero las madres de padrinos y madrinas:. “Doscientas pesetas, a la una; doscientas, a las dos y ... ¡doscientas, a las tres!”, se desgañitaba el Sr. Ángel, tratando de sacar el mayor provecho posible del mercadeo.

Ya entrada la tarde, cuando el solazo de julio se escondía por el horizonte, allí junto al árbol gordo, bajo montones de guirnaldas de farolillos y banderitas, empezaba el baile popular, con la orquesta de lujo subida en el templete de Jesús Lobato. A nadie molestaba entonces aquel polvazo que, a pesar del riego somero, se levantaba con tanto arrastrar los pies. Y es que éramos mas sufridos que ahora, que cualquier cosa nos molesta, sobre todo si la hace el vecino.

Por la noche también había baile, pero ya en el salón del Sr. Luciano. Allí se confirmaban las amistades que se habían ido afianzando a lo largo de un día tan repleto de emociones. Pero ya para entonces les tocaba bailar solas a las mozas, porque a los chavales del pueblo nos esperaban otras glorias. Y es que estábamos casi deseando que acabara el baile de la tarde para empezar la tarea de encaminar los carros para cerrar la plaza donde serían lidiados, por vecinos y maletillas, los toros y vacas de la esperada corrida del día de Santa Ana Chica.

Y es que este día, aunque también había Misa, lo importante eran los toros. Bien tempranito había que ir a buscar en el encierro a la dehesa, o al “prao” del toro, y traer la manada bien arropadita por los caballos hasta llegar a la Cruz. Aquí ya se empezaba a azuzar para que entrara a galope tendido en la calle grande y después en la plaza , ya dispuesta con los carros que tanto nos había divertido “acarrear” la noche anterior.

Acabado el encierro, mientras los mozos se iban a tomar una cerveza al bar, los chavales nos acercábamos a uno de los puestos para reclamar, ¡pagando, claro está!, un refresco que paliara los calores veraniegos y el ardor de la carrera. Y luego, a comer cuanto antes para ir a coger sitio en los carros. Había que tener cuidado con el emplazamiento que se elegía, porque no era raro que el toro del pueblo metiera los cuernos por entre los radios de las ruedas y levantara el carro en volandas para escapar por la querencia.

Luego el desencierro. Y, por la noche, de vuelta al baile sin perder la esperanza de que al día siguiente, y con el beneplácito de las autoridades, se pudiera repetir la capea para dar continuidad al jolgorio y regocijo que todo ello conllevaba.

Pero, antes o después habría que dar por finalizadas las celebraciones y era entonces cuando parecía que la gente se desinfla un poco pensando en que había que retornar a las duras faenas del campo y que la próxima Santa Ana no era mas que un ilusorio espejismo en un horizonte todavía demasiado lejano. Pero la gente de aquí siempre ha sabido poner el optimismo necesario a su cotidiano laborar y pronto el pueblo volvía a contagiase de su natural alegría, de tal manera que en esta Alberguería siempre había ocasiones para pasarlo bien, ya fuera invierno o verano, Semana Santa o Navidad, de día o de noche, lloviendo a cántaros o luciendo el sol. Por eso a mi me entraba la morriña dos o tres días antes de tener que volver a Ciudad Rodrigo.

Hoy los tiempos han cambiado, no sé si para bien o para mal. Yo espero y deseo que para bien. Ya en la década de los cincuenta, o todo lo más a principios de los sesenta, llegó al pueblo con intensidad una fiebre que se estaba extendiendo por las comarcas mas desfavorecidas de nuestra querida España: la emigración. Nuestro pueblo no tenía recursos para darle de comer a todos sus hijos y parte de ellos tuvo que buscarse la vida allá donde soplaban vientos mas bonancibles.

Gracias a Dios, lo que al principio fueron lágrimas y amargas despedidas, se trocaron luego en alegrías y bienvenidas gracias al esfuerzo de los emigrados. Alberguería ha tenido la suerte de contar con una juventud sana, inteligente, viva y trabajadora, que ha triunfado siempre doquiera que ha plantado sus reales. Ello trajo dinero y prosperidad al pueblo, que vio cómo sus viejas casa iban siendo remozadas, que incluso aparecían nuevas y flamantes construcciones, porque esos hijos querían disfrutar aquí de las comodidades que habían conocido en las ciudades del norte de España, o del oeste y centro de Europa, donde trabajaban. Y querían tener casas acomodadas porque nunca perdieron la esperanza de volver en cuanto llegara la jubilación, pasar el resto de sus días y ser, al fin enterrados en su pueblo.

El problema es que estos hijos, que llevaban dentro la nostalgia del terruño, engendraron a sus propios hijos, que ya no eran albergallos, que ya se habían educado en otros ambientes, que veían en esta tierra como algo lejano con lo que apenas tenían contacto, una tierra de la que no tenían vivencias de esas que graban a fuego en los corazones. Esos hijos que cuando les traían aquí sus padres, estaban deseando volver a casa, a “su casa”, allá donde tenían sus amigos, sus colegios, su forma de vida muy distinta a la que podían llevar aquí; porque para ellos la vida en un pueblo como éste era aburrida, y porque sentían que aquí no tenían tanta libertad como en las grandes urbes, allá donde cada uno puede hacer de su capa un sayo sin que los progenitores sepan de la misa la mitad.

Si no hacemos algo para evitarlo veremos, mas pronto que tarde, cómo un pueblo que fue la envidia de la comarca irá perdiendo vida hasta agotarse en la propia vejez de sus habitantes decrépitos, como ese árbol gordo que nos parecía eterno y ya no es mas que un recuerdo, eso sí, un bonito recuerdo, del pasado. Solo pensar que esto pueda suceder así me llena de pena el corazón, un corazón que ha latido siempre con fuerza por su Alberguería.

Y no es para sentirse optimista si se observa en las estadísticas del censo el declinar de la población de este pueblo en los últimos años. Porque mientras en 1950 contaba con 954 habitantes, en 1991 apenas sobrepasaba los 200. Es decir, Alberguería ha perdido en poco mas de 40 años casi un 80 por ciento de la población, nada manos que ocho de cada diez habitantes.

Por todo ello, ahora que llega el final de esta charla quizás demasiado pesada y empalagosa, quiero invitaros, mis queridos albergallos, a que os crezcáis, que os volváis a sentir orgullosos de vuestra tierra, de vuestros orígenes y de vuestras gentes. Porque si vosotros sentís así es muy probable que, sin querer, sepáis transmitir esta ilusión a vuestros hijos a vuestros nietos, para que sepan encontrar en Alberguería un espacio donde renovar su estilo de vida, donde buscar nuevos horizontes, donde hacer nuevas amistades y hasta incluso, ¿por qué no?, donde trazar nuevos proyectos que pasen por mantener en pie las casas de sus ancestros, aunque solo sea para pasar aquí diez días al año. Porque todo lo que sea conservar la villa en pie es cooperar positivamente para no dejar morir un pueblo que tuvo un lugar importante en la historia, y que merece una recuperación de sus valores para seguir siendo lo que antaño fue: la envidia de la comarca.

Por eso os animo a que exhortéis a vuestros hijos y nietos a que vuelvan de vez en cuando al pueblo de sus padres, de sus abuelos. Quizás, sin quererlo, encuentren aquí la paz y tranquilidad que habían estado buscando y terminen por acurrucarse al amor de la lumbre. Habladles de las fiestas de Santa Ana, porque al final vendrán aquí y se lo pasarán bien.

Y si tenéis la oportunidad, invitad a vuestros amigos de fuera, de allende nuestras fronteras o de otros lugares de España, para que vengan y conozcan el pueblo, que hasta cuenta ya con un estupenda casa rural para poder acogerlos si es que no quieren abusar de vuestra propia hospitalidad. Y ésta es la forma de que estas fiestas tan bonitas y tan entrañables, no decaigan.

Y así, no me cabe duda, seguiremos haciendo patria, aunque en este caso sea “patria chica” a la que, por cierto, queremos a rabiar.

Gracias por vuestra presencia y por la atención que me habéis prestado. Y, para terminar, gritad conmigo:

¡Viva nuestra patrona Santa Ana!
¡Vivan los mayordomos, las madrinas y los padrinos!
¡Viva Alberguería!













PREGÓN DE LAS FIESTAS DE MI PUEBLO.
LA ALBERGUERÍA DE ARGAÑÁN 2004

Por ROGELIO GARCÍA SÁNCHEZ



Vamos a ver como cuento,
Lo que os quiero contar,
Y situar en el recuerdo,
Este grandioso lugar.
Que no es otro que mi pueblo
Que me vio un día despertar.

La autoridad me ha llamado
A ser el pregonero
Como el ingenio no es mucho
Me arriesgo con el verso

¿Qué mérito me acompaña
para subir a este balcón?
Uno solo y no engaña
Ser un hijo que aquí nació.

Vaya mi parlamento al tiempo pasado.
Quiero traeros el sentido recuerdo
De algo que existió y nos ha dejado.
Sin pedir el mínimo sueldo.

Casi sesenta años se han ido
Desde que por los cuarenta
Muchos hemos nacido
Como niños de la pos guerra

Para que traiga aquellas cosas
Que nos vieron andar,
Existe algo que nos une,
No es la política, objeto
Sino la grande Santana, su hija y su nieto

La vida nos ha ido alejando
De aquellos años pasados.
Muchas cosas se han muerto
Sin haberlas olvidado.

Mi recuerdo no es nostalgia vana.
Sino acercar al presente,
En lo más profundo del alma.
Cosas que vivimos ciertamente.



Vaya el recuerdo primero
De forma muy sentida
Por aquel árbol altanero
Que fue presencia en nuestra vida.

Ya sabéis de que os hablo.
Y lo hago con profundo afecto.
Al álamo recuerdo
Y no lo invoco seco.

Era la historia viva del pueblo.
Era el recuerdo lejano.
Cuando necesidades de sustento.
Nos hicieron salir antaño.

¿Dónde está nuestro álamo?
¿Dónde su frondosa copa?
¿Dónde sus piedras al descanso reclamo?
¿Cuántas historias el tiempo arropa?

¿Cuántos sones en la fiesta
Vio danzar en derredor?
¡Maldita grafiosis infesta
que del norte vino y se lo llevó!

¡Qué armonía formaba en la plaza
con el arco, la puerta y su portón
¡Qué defensa era de la vaca
Cuando al trasero acercaba el pitón!

Poco a poco se fue abriendo
¿No recordáis sus desmoches?
Sus lianas largas colgando
Para disfrute de peques por las noches

Presidía el ofertorio de la Santa,
La subasta del roscón,
la hoguera de San Juan alta,
O el óvolo al último lobo muerto.
Nos defendía de las vacas,
Que pasaban por el centro.

Era nuestro
Este encinacho da ahora
¿Cuándo será tan apuesto?
¿Cuándo recordara su sombra?

Sigamos con los recuerdos:
Vayamos a los largos inviernos
¿Quién no vio aquellos chupiteles tiesos?
Que sus gotas alimentaban charcos de hielo

Chapoteados por la tarde
Por animales recios
Que llegaban de la dehesa
Buscando el heno seco.

Con qué orden era preciso atar
en las pesebreras largas
para mantener la paz
en las viejas cuadras.

¿No os recordáis paisanos
cómo alguno de vosotros
Aún sin ser ni mozos
Con azada y negras gorras
Ibais tras la arada
a tapar las chorras?

¿Habéis calculado al azar,
en un momento perdido,
que fruto se podía sacar
con tanto esfuerzo vivido?.

De las fiestas de invernales
¿No recordáis las de enero?
Pidiendo por los portales,
Iba el pregonero.

Llegaba la subasta con tono
Quien da más
Gritaba el mayordomo
Por los guevos de San Sebastián.

Entrada la primavera
Todos buscábamos el agua
Que orientada a la pradera
Hiciera la hierba alta.


¿Quien no llevaba sal,
Por el camino de Aldea,
Buscando en algún lugar
Unas verdes acederas?

¿Queréis que os refresque un poco
algo que todos sabían?
Tomando unos años a lo loco
¿Cuántos niños y niñas nacían?

Veamos el cuarenta y siete,
Venticinco se hicieron de Dios.
Veintiocho, al año siguiente.
En el cuarenta y nueve, veintidós

Diez años más tarde solo dieciséis
Cuatro en el setenta y cuatro
Hoy estadísticas no echéis,
Que no sale ni el gato.

De los primeros somos algunos.
Qué quiero evocar aquí.
Del ocho era mi amigo Quinín.
Que siempre he recordado
como un amigo feliz,
que Dios hoy tiene a su lado
y nos espera ya allí.

Con tanto nacimiento,
Normal que hubiera,
Cuatro escuelas plagadas
De niños y niñas hasta la bandera.

Los muy pequeños aprendían
En el Catón la letra
Que en el juego pelota seguían
Las enseñanzas de Doña Perpetua.

Yo la recuerdo como niño primero
En el aula cuadrada y fría
Señalar con el puntero
Cubierta con su toquilla.

Siguiendo con personajes
¿Quién no piensa en Don Silvestre?
Por aquellos años nuestro pastor.
¿Quién no recuerda con suerte
frases que nos dejó?
“Si a descasarse tocarán”, sostiene,
“De ciento, noventa y nueve”.
Qué sabiduría la suya
Después de tanta confesión.

Para alcanzar la retreta,
¿No recordáis, con señaladas gafas,
Solicitando con respeto la peseta
A Tío Teclas yendo por las casas?

¡Cuántos se la negaron
Quedaron en escaso sustento!
Cuando viejos fueron
Pasado no mucho tiempo.

Entrado el verano,
Aparecía la mies madura.
Todos con la hoz en mano
Cortaban la paja dura.

Pronto con esmero
Cargar el carro en altura
Llegando a la era luego
Para elevar su escultura.

¿Dónde están los trilliques?
Qué con menos de diez años
Empezaron con los amos
¿Qué contratos les avalaban
aquellas jornadas eternas?
Que empezaban con las vacas
Allí donde las dejaban sueltas.
¡Dale agua en la ribera!

Las hacinas se extienden
En el terreno de la era
Las vacas uñidas vienen
Por el camino de la dehesa

Se inician miles de vueltas
Del trillo y los animales
El trillique con pica a cuestas
Va desgranando cantares.

Pensando en hacer la siesta
¡Qué sueños te entraban!
Y en un momento ¡Qué brusco despierte!
¡La pareja iba a la parva de enfrente!

¡Muchacho espabila y alarga la pala!
¡Que la voluntaria levanta el rabo!
Que no deje sucia la paja,
Y un poco oscuro el grano.

Gracias al ama de casa
Que reforzaba tu empeño
Con vino batido en huevo.
Así nos fuimos curtiendo
Para lo que nos vino luego.

¡Que feliz aventura
para los pequeños era
dormir a la luz de la luna
en la noche de estío fresca

El verano de la era
Junto al muelo
¡Cómo picaban los violeros
bajo el trillo vuelto¡

¿Algunos ya mayores no recordáis
Aquella rubia vieja
De Fidel Carabina
Que para arrancar sin queja
Utilizaba como gasolina
De tío Bachan la pareja?.

Luego se modernizó
Y hasta la baca iba cargando
Cuando el viajero aumentó
Para no ir a Ciudad andando.



Otra profesión había,
De la que nadie era lego
Cada uno astucia sentía
Al dedicarse al estraperlo.

¿Donde están aquellos guardias?
¿Dónde los guardiñas?
Qué nos aligeraban las cargas
Cuando llegabas por la viñas.

¡Viva la democracia, madre!
Que en abril a Portugal vino
Y a España algo más tarde
Librándonos de aquel destino.

¿Dónde está la cadena
de la caseta del caminero?
¿Dónde está que no pena
visitar al otro pueblo?
¿Para que la querríamos ahora
si ya somos europeos?

¿Quién no recuerda la mina
por allende el Colmenero?
¿Quién no sintió una espina
moviendo el cascote seco?

¡Qué duro era todo!
Si quería un carro leña buena,
Allí estaba Manolo,
Que camino de la Moheda
Con el hacha al hombro
La dejaba cargadera

¿Y la escasez de escobas?
Ahora tan abundantes,
los fuegos de los hornos
Las consumían voraces.

No era para menos
Si recordamos la industria
De los horneros.
Tía Fonsa y tía Juana,
Tía Juaquina y Tía Florencia.
Cocían en sus hornos
Para toda la concurrencia
Luego llegaron las tahonas
De Tía Adelaida, Carmen y tía Juliana
Que hacían las hornadas
Con mayor filigrana.
Hoy Siso con sus hogazas
Tiene una historia larga.

Sigamos con el alimento.
¿Cuánto huertos no había
que proporcionaban sustento
para toda la familia?.

Las norias de cangilones vueltos
Que agua fresca ascendían
Movidas por pollinos ciegos.
Son esculturas hoy día

¿Cuántos nogales no había?
Que con la calle lindaban
Como los chiquillos piedras cogían
Y a las altas ramas lanzaban.

Huyendo de inmediato,
El panorama atisbaban
Para volver a las nueces al rato
Que en los bolsillos guardaban.

Qué montón de piedras tiraderas
Recogió el buen Narciso
En el nogal de la escuela
Con la ayuda de sus hijos.

Anda que tía Rosinda
no salía airada al portón
para vigilar los nogales que tenía
camino del frontón.

Si de tirar piedras se trata.
Alguno recuerda bien.
Cómo la chaqueta se ata,
Para hacer un almacén

Cogiendo una por una luego
De manera harto certera
Las piedras que están dentro
Buscando la pitera.

Así se conquistaba con gana:
La lancha de la escuela, sí
Los barrios de Santana,
O la misma calle Maravedí.

¿Cómo sonaban las campanas
Con muchísimos bríos
En aquellas altas ventanas
Cuando éramos críos?

Recordando alguna historia
De vacas interesantes
Me viene a la memoria
una muy cabreante.

¡Señora mire usted bien!
Alertó Juanito Zato.
Qué esa vaca es del Sr. Daniel
Y a las mujeres da maltrato.

No hubo terminado el ademán
Y la zapatones puñetera
Volteó a Tiana de tío Román
Haciéndole una pitear.

Es posible que haya olvidado
Muchas cosas de aquel tiempo
Pero hay algo que no olvido
Porque lo llevo dentro
Es que ya no hay pobres
Como aquellos
A los que les faltaba de todo por serlo

Hoy tenemos derechos
Aunque nos cueste tenerlos
Y la pobreza no llega con el mismo sentimiento
para eso hemos pagado el tributo de estar lejos
de nuestro pueblo.

¡Gracias Santana que hoy nos das recogimiento!.
Nuestra vida es el futuro
Que es recuerdo de lo nuestro
Seamos vecinos correctos.

Muchas cosas he dejado
Para evitar aburrimiento.
Pero están a vuestro lado
Paisanos con mucho tiempo
Tío Angel, y Tío Cecilio,
Tía Santiaga y Tía Juliana
Que tienen tantos años
que casi llegan a ciento
pedirle sigan con el cuento.

Dejémonos de mandangas
Olvidémoslos de la siesta
Entremos en la charanga
Tengamos la peña abierta

Unámonos a Santana
Qué es la reina de la fiesta
Corramos toros mañana
Y por la noche: ¡Juerga!





¡Viva Santana!
¡Vivan los mayordomos!
¡Viva el ayuntamiento!
¡Viva Alberguería¡
¡Vivamos todos nosotros!

La Alberguería de Argañán, a 23 de julio de 2004.






















PREGON 2005
por PETRA SACRISTAN MARTIN
Distinguidas autoridades, vecinos de Alberguería, amigos todos: muy buenas tardes.

Me cabe el inmenso honor de dirigiros la palabra en el comienzo de vuestras fiestas. Y hace tiempo que me pregunto qué os iba a contar. ¿Hablaros de la Historia de vuestro pueblo? No tengo autoridad para deciros nada al respecto que no sepáis o que no os lo hayan contado personas de mayor enjundia que yo. ¿Contextualizar su vida social, política, económica? No quería que me arrojarais tomates al final de mi discurso.

Así es que he optado por la calle de en medio. Hablaré, lo más ordenadamente posible, de las vivencias que tuve entre vosotros, que son vuestras propias vivencias, porque compartimos unos años inolvidables, de una época muy bonita: mi infancia.

En 1936, año de infausto recuerdo, desde un lugar lejano, lejano, desembarco en este bendito pueblo que me adoptó sin reservas, sin condiciones. Fue entonces cuando descubrí que en Alberguería de Argañán había sólo dos tipos de personas: las buenas y … las mejores.
La vida me llevó por otros lugares, pero durante los siete años que pasé entre vosotros aprendí, disfruté y crecí por dentro y por fuera.

Me cautivaban las historias escondidas en este castillo. El ulular del viento susurraba en mis oídos melodías únicas e irrepetibles que no olvidé nunca.

El fulgor de esa campiña ha acompañado siempre mi retina, cansada ya de ver tantas cosas, y su recuerdo ha solazado mi espíritu cada vez que volvía aquí con la mente.

Mucho tengo que agradecer a este lugar, aunque una tierra no es gran cosa sin las personas que la habitan. A modo de órgano vital, son las gentes las que le insuflan el pálpito de vida. Son sus vivencias sencillas, cotidianas, las que conforman la Historia de un Pueblo.

Hablaré de mis recuerdos entre los años 36 y 43 del pasado siglo; de las gentes y lugares de Alberguería. De muchos aspectos, tan solo me queda un destello, aunque muy breve, muy intenso, porque eran muchas cosas, y yo, muy pequeña.

El Calvario, en primavera. Mi madre y yo, por las tardes, hacíamos labores a la solana, resguardadas del viento por las peñas. A veces, no muchas, porque no tenía tanto vagar, nos acompañaba la Tía Juana Fariña, ¡qué mujer!, fue un ángel bueno y protector de mi madre y mío.

La Dehesa, por cuyas laderas corrí y corrí, saciando después mi sed en el regato que por allí discurría con un agua clara, limpia, cristalina. Arriba de La Dehesa estaba lo que llamaban “El muro”; era como una pequeña central eléctrica desde la que nos mandaban la luz al pueblo. Se encargaba de ello el señor José, “El maquinista”. Así le llamaban. Vivía en la plaza, esquina al camino de Aldeia da Ponte, al lado de Tía Maricruz, “La aguardientera”.

El señor José estaba casado con la señora María. Tenían varias hijas. Con una de ellas, Carolina, aún vive con noventa y tantos años, vine a emparentar muchos años después de dejar el pueblo.

El Charaíz. Un pilón, un caño y vegetación. ¡Qué bien se estaba allí! El bienestar me rebosaba por cada poro de la piel. Cantaba a pleno pulmón mientras mi madre lavaba.

También en La Fresneda se estaba de maravilla, aunque aquí no cantaba. En la temporada, tenía la boca llena de moras.

En la Navelantera, mi madre alquiló un terreno que convirtió en huerto. Tenía un canchal con matorrales, peñas y un roble, donde hacían su nido los pájaros.

El Barroco Ladrón, con sus grandes peñas y su regato abundante de maruja, cuando aún se podía coger.

Los Pinos, que fueron mi segunda escuela. Allí me enviaba la Tía Juana Fariña a llevarle la comida a Chago, su hijo, que pasaba todo el día allí cuidando de las cabras y había sido capaz de desarrollar una curiosidad innata que podía satisfacer aprendiendo de forma natural, merced al tedioso oficio que desempeñaba. Fue capaz también de transmitirme aquella sabiduría y le recuerdo con admiración por todas las cosas que tuvo la generosidad de enseñarme.

El Madroñal, la caseta de los Carabineros, la Atalaya, …

La calle Grande, el álamo de la plaza, que estaba en todo su esplendor y servía de burladero cuando había toros en las fiestas, acogía el ofertorio de los Padrinos y Madrinas, en la calle, junto a la puerta de la iglesia. En el álamo terminaba la procesión de Santa Ana.

La calle Maravedí, que salía, no sé si sale aún, de detrás de la iglesia y terminaba en el caño de los Barreros; un caño que junto con el de la plaza nos abastecía de agua todo el año, pero que en verano brotaban tan despacio que dejábamos el cacharro puesto y nos íbamos a otra cosa, ¿para qué tendríamos tanta prisa?, hasta que volvíamos a buscarlo lleno. Momento en que comenzaba un paseo muy particular, porque lo acarreábamos a la cabeza, que llevábamos tiesa como una vela, descansando el cántaro en una tela enrollada que hacía un círculo, proporcionándonos un andar peculiar, que muchas modelos de pasarela quisieran. Es éste un aspecto que caracterizaba a las mozas del pueblo añadiendo a su donaire un aspecto de bien “plantás”.

La iglesia estaba muy concurrida, había misa diaria a la que asistían casi todos, supongo que como ahora. Conocí a dos curas, primero estaba Don Lorenzo y después Don Silvestre. Se accedía a la iglesia por la puerta de la plaza, según se entraba había un Cristo enfrente; y, a la izquierda se llegaba al altar Mayor por el pasillo de en medio.

Existía la costumbre de separarse por sexos. En los bancos de la izquierda, según se entra, se ponían los hombres; y, a la derecha, las mujeres. Los niños y niñas seguían el mismo orden, pero más cerca del altar. A la izquierda, cerca del púlpito había un San Antonio precioso, al que yo quería mucho por los relatos que me contaba mi madre Sobre el Pan de San Antonio.

Me gustaba la iglesia, como lugar de recogimiento, era muy acogedora, también sobrecogedora, las imágenes de santos que la iconografía popular nos ha transmitido, han hecho mella en nuestra mentalidad. O acaso se deba, por el contrario, a los libros que me dejaba Don Silvestre, todos, vidas de santos. Me interesa aclarar que Don Silvestre no era el librero del pueblo. No había librería, de ahí que, todos los libros que cayeron en mi mano, los devoraba, sin poner reparos a su contenido. Creo que le debo a este cura tanto como a mis maestros que me enseñaron las primeras letras, el universo lector que me proporcionó y me convirtió en lectora voraz con el paso de los años.

Había que aprovechar, dicen que la ocasión la pintan calva, el menor resquicio de posibilidad que surgía en el pueblo. Así, a las excursiones al aire libre, la visita de monumentos y el uso de la biblioteca, en los términos que quedan referidos, añadí, con más soltura que desfachatez, a mi peculio particular, el primer intercambio cultural gastronómico del que haya constancia en la comarca. Fue como sigue: cercana a mi casa, se encontraba la de la Tía Manuela, que en los tiempos de trabajo duro en la agricultura, acogía, por las noches, todo un ritual, para alimentar a las muchas personas que laboraban sus campos. Rayando la puesta del sol de verano, o sea, muy tarde, se escapaba un olorcillo a comida que resucitara a un muerto. Cuando los hombres comenzaban a llegar, todo era algarabía; después se escuchaba un toc, toc, toc, rápido y muy, muy continuo. Tras este sonido se hacía un gran silencio, a la par que el olorcillo se desvanecía. Yo me hacía de cruces pensando qué sería el toc, toc, toc, y levitaba siguiendo los efluvios de aquel olor. Traía a mi madre por la calle de la amargura para que reprodujera en casa el ritual, pero no había modo. Hasta que un día, mi madre le preguntó a la Tía Manuela el modus operandi. Ella, todo corazón, reconoció humildemente “sólo son patatas con torreznos. Que venga una noche a cenar y que mi hija vaya a su casa”. Dicho y hecho. La siguiente noche, desde bien temprano, me fui a casa de la Tía Manuela. En una panzuda olla, al fuego de la chimenea, cocían patatas con agua, sal y laurel. En una sartén con patas se freían torreznos de los de verdad. Se retiraba algo de la grasa que soltaban y se echaba a la olla de las patatas, tras lo cual, se volcaban en una fuente. Cada comensal, en la propia fuente, machacaba las patatas a su gusto; por eso sonaba toc, toc, toc. Un pan cortado en rebanadas grandes acogía generosamente los torreznos, que se sujetaban en la mano que no sostenía la cuchara de palo. Y se procedía de la siguiente manera: “bocao de patatas, bocao de torreznos”.
No sé qué cenó en mi casa la hija de mi vecina, pero creo, sinceramente, que salí ganando. Hoy deambula una receta llamada “Patatas machaconas”; creo que en realidad, debían llamarse “Patatas de la Tía Manuela”.

Otro de los entretenimientos venía de lejos, cargado en carromatos tirados por burros. Encima de la escuela, que estaba al lado del Ayuntamiento, había un local que se usaba a modo de teatro. Allí veíamos las representaciones que traían los cómicos de la legua. Era, quizá, la única diversión que teníamos en la época. Acudía todo el pueblo. Supongo que aprovechando el tirón de las funciones, el maestro realizó un montaje dramático con los chicos y chicas de la escuela. La temática era una exaltación exacerbada del patriotismo. Os ahorraré las palabras de mi intervención en la obra, pero la recuerdo letra por letra.

Aquel maestro era Don José Cacho, de constitución menuda, lo que le valía el apelativo cariñoso de Don José Cacho, “El cacho maestro”.

También había una maestra, Doña Victoria Espáriz Villaverde, que con los pocos medios de que disponía supo inculcarnos el afán por aprender.


En esa escuela
“Comencé a subir por la escala del deber.
Aquí comencé a escribir
Y aquí me solté a leer”

Fueron mis compañeras en la escuela: Herminia Corbí, Dolores Blanco, Lorenza Martín; Manuela, Emilia, Engracia y Brígida Manzano (hijas de Manuel y Engracia, dueños del comercio que había en la plaza); Primi (la hija de tío Quico Federico).

Las personas que recuerdo en el pueblo eran: Don Jorge –el boticario– y Doña Antonia y sus hijos Pepe, Julio y Maruja; Don Antonio Magdalena y Doña Amparo, así como a su hija Amparito; Doña Angelita y su hija Rosarito; Don Amando Acebes – el secretario –, padre de Conchita y Miguel.

Dolores era hija del sacristán, llamado “negrito” por el color de su piel, aunque su apellido era Blanco.

La casa que habité pertenecía al tío José María Martín, el padre de Carolina, Carmen, Paco, Tomás, José y Lorenza. Estaba situada enfrente de la del señor Nicomedes, el zapatero.

Tenía un corral muy grande donde esquilaban las ovejas.

Carmen Ríos, que me regaló una estampa para mi Primera Comunión. Le escribió por detrás esta dedicatoria: cito “Te ofrezco esta estampa; como recuerdo del día más dichoso y feliz de tu vida. Pídele mucho a Jesús Sacramentado te haga una niña buena y Santa. Tu amiga que así lo desea. Carmen”. Fin de la cita.

De Doña Victoria, la maestra, también conservo una postal que me regaló por el mismo motivo. Ésta dice: cito “Recuerdo del día más feliz de mi vida en que por vez primera entró Jesús en mi pecho aceptando la angelical ofrenda de mi corazón. Para Petra Sacristán de su profesora Victoria Espáriz. Alberguería. 9 de mayo de 1937” Fin de la cita.

Me interesa poner en relieve estas sencillas, aunque entrañables dedicatorias, para que entre todos seamos capaces de valorar más juiciosamente los deseos que brotan sinceros de lo más íntimo de un corazón para llegar al fondo de otro y permanecer allí de por vida.

Algo parecido me ocurre con el matrimonio del señor Andrés Duque y la señora Bárbara, de los que fuimos vecinos. Siempre he guardado la convicción de que el aprecio y admiración que me suscitaban, se fundamentaba en el mero hecho de la cercanía, apoyado quizá en la devoción que demostraba en su trabajo de herrero, en la infinita paciencia y dedicación que aplicaba a su quehacer diario, modelando una y otra vez el hierro candente hasta conseguir la forma perfecta. Yo permanecía horas enteras, subyugada por el embrujo de la fragua chispeante, sin poder apartar los ojos del fuego. También se encargaba de herrar a las caballerías, en un potro que tenía al efecto, donde les ponía sus “zapatos nuevos”, por usar la expresión que él empleaba. Sospecho que también dominaba las artes curativas de los animales, pues le venían a buscar para asistir al perdedor de alguna disputa entre astados.

Era éste un matrimonio mayor, que irradiaba una tranquilidad sólo proporcionada por la acumulación de experiencias apacibles. Tenían un hijo, Ambrosio, que vivía muy cerca de la plaza, con su mujer, Catalina.

Alguna amargura también se ha de recordar. Vivimos aquí la Guerra Civil, menos tres meses que acuartelaron a mi padre en Salamanca. Aunque alejada en la distancia, la guerra estaba cercana en la vida cotidiana. Ayudaba a este menester el transistor de Doña Angelita, a cuya ventana, enfrente del Ayuntamiento, acudían los vecinos, cada tarde, a escuchar el “parte”. Se trataba del parte de guerra, en el que se detallaba pormenorizadamente, los caídos (muertos) o heridos. No quedó en mi mente ningún recuerdo doloroso, por lo que me inclino a pensar que esa parte de la Historia fue benigna con los albergallos.

A todas las niñas nos hicieron “flechas”, así llamadas en alusión al emblema de la Falange Española. A mí me encantaba la especie de uniforme que nos pusieron, camisa azul; pero debía sentarme de maravilla la exaltación patriótica, pues a fuerza de arengas y sermones, que si España te necesita por aquí, que si España está pobre, por allá, que si colabora, que si patatín, que si patatán, ni corta ni perezosa, me presenté a Conchita Acebes, encargada de recoger el oro para España y le espeté a bote pronto: “Quítame los pendientes”; y me los quitó. Llegué tan contenta a casa, tan española, tan satisfecha de mi acción, tan Quijote, “que el gozo me reventaba por las cinchas de mi caballo”, si lo hubiera tenido. Y quizás lo hubiera necesitado, no voy a relatar aquí lo “satisfecha y orgullosa” que se sintió mi madre cuando supo que me había desprendido del regalo que mi madrina me hizo para la pila del bautismo. Pero salvamos España, que era de lo que se trataba.

Coincidió esto con el racionamiento y su compañero inseparable, el estraperlo. De lo primero, recuerdo un bollito diario de 50 gramos de pan, que nos lo servía Carmen la de la callejita. De lo segundo, íbamos a Portugal a por “triguiño”, así llaman los portugueses al pan; y, ya de puestos y por amortizar el viaje, traíamos de paso azúcar, café, bacalao, lo que podíamos, que no sería mucho, por la carestía.

Seguro que podía contar más cosas del estraperlo, pero estaría mal visto en la hija de un carabinero.

Tras aquella infancia feliz, creo que un hecho me estaba diciendo: Petra, ya estás lista para enfrentarte a la vida. Sentí un espaldarazo, cual Lázaro su calabazada propinada por el ciego en el toro de la puente de Salamanca, Chago, que tan buena disposición mostró siempre conmigo, fue el que me hizo comprender que me estaba haciendo mayor. Una tarde, ordeñando las cabras, me pidió que me acercara. Presta, como siempre, a sus indicaciones, acudí porque me encantaba hacer como que ordeñaba; y él, cogiendo de la ubre que tenía entre los dedos, me chorreó en la cara toda la leche que contenía, y, sonriendo me dijo: ahora, ya sabes ordeñar.

Se van agotando los recuerdos, pero no quisiera dejar sin mencionar, la absoluta hospitalidad que me brindasteis a mí y a mi familia. La integración fue total y se materializó en múltiples aspectos. Entre ellos, recuerdo que hasta me hicieron madrina de bautismo de Tita.

No me resta, queridos amigos, sino agradeceros una vez más vuestra gentileza por escuchar mis humildes palabras.

Me vais a permitir, no obstante, que personalice un agradecimiento muy especial a Santiago Martín, así como a su esposa María, tanto por la labor que están realizando de dar a conocer el pueblo, aprovechando la era de la Globalización, como por su esfuerzo denodado de mantener vivo lo vuestro. Sirva esta tribuna para proponerles como cronistas del pueblo.

Termino con un poema mío, no será el más bonito que haya recibido Alberguería, pero sí puedo garantizar que será uno de los más sinceros.

Dice así:


Alberguería de mis amores,
Pueblo querido y no olvidado.
¡Ay!, cuando a los quince abriles
sucedan los cincuenta años
y el mundo con sus engaños
haya dejado cruelmente
llena de arrugas mi frente
y el alma de desengaños.
Con qué inefable ternura
recordaré la ventura
y el buen tiempo transcurrido
a la sombra protectora
de mi pueblo tan querido.
Alberguería de mis amores,
que te yergues entre flores
De un edén primaveral:
te quiero como se quiere
la vista del ideal
y que Dios, por especial gracia,
dejó en ti escondido
como un rincón del perdido
Paraíso Terrenal.
Yo amoldaré mi existencia
a la virtud y a la ciencia
en tus campos aprendida.
Será mi faro en la vida
tu recuerdo, Alberguería,
y si vuelvo algún día
¡será inmensa mi alegría!

¡Viva Santa Ana! ¡Vivan los mayordomos! ¡Viva Alberguería!



Alberguería de Argañan, 25 de julio de 2005

PREGON SANTA ANA 2001
POR SANTIAGO BLANCO LANCHAS
PREGÓN DE FIESTAS SANTA ANA 2001.

Muy buenas tardes a todos y todas, paisanos y amigos de Alberguería.
Un saludo muy cordial también, a todas las personas que sin ser de aquí, nos visitan durante estos días.
Es para mi motivo de orgullo y satisfación ser pregonero de las fiestas, al aceptar la petición que me hizo hace escasos días el Sr. Alcalde (Paquito).
Dado el escaso margen de tiempo con que me lo ha pedido y no considerándome un orador y mucho menos escritor, trataré de dirigiros unas breves palabras con cariño e ilusión.
Al no disponer de datos ni argumentos concretos, para hablar sobre la Historia de Nuestro Pueblo por la escasez de tiempo, como he dicho anteriormente, quisiera transmitiros un mensaje de optimismo y esperanza, para que todos, desde la unión y es respeto, olvidemos las diferencias que puedan separarnos, trabajando juntos por el bien de nuestro pueblo.
ANÉCDOTA
Como anécdota del pasado y remontándonos al año 1946 en el que yo era niño, quiero contaros algunos recuerdos que dejaron huella en mi y posiblemente en muchos de los que me estáis escuchando.
Aunque en aquellos años no estábamos dotados de los medios tan avanzados como los de hoy, éramos felices. No teníamos agua en las casas ni casi luz en las calles, nuestros juguetes y juegos eran: la chirumba, el aro, la peonza, el chito, las vistas, el escondite y muchos más.
Los inviernos eran crudos, las calles se llenaban de “CHAPALLO” (barro) las chamancas que nuestros padres nos compraban en el mercado de Portugal y las sandalias de goma que vendían los comercios de aquí, eran nuestro calzado de invierno.
A la escuela, para no pasar frío, llevábamos el brasero en las latas de sardinas de kilo. Los sabañones en los pies y las “cabras” en las piernas, eran nuestros tatuajes, provocados por la lumbre y los braseros.
Las fiestas de entonces eran, sin duda, mas bonitas que las de ahora. San Blas y San Sebastián con la limosna y los gallos, San Pedro con el cambio de pastores y el Carnaval con la CHARRASCONA.
Entonces, las orquestas, aquí no existían se bailaba al son de flauta y tamboril, mas tarde, fuimos evolucionando con la gramola de Sr. Luciano “NAVITO” q.e.d. y el último grito fueron ya, CASIMIRO y su acordeón y TOMAS el batería.
Los mozos y mozas del pueblo, hacían bonitas comedias en el teatro ubicado aquí , en la segunda planta del Ayuntamiento. De vez en cuando, aparecía “CANUTO”, con su máquina de cine mudo a manivela y de memoria, nos explicaba la película.
Para finalizar: pido a todos mis paisanos y en particular, a los que como yo tuvimos que emigrar buscando un futuro, no se olviden de este pueblo maravillosos que, aunque no tengamos un potencial económico como las provincias del Norte, Madrid y Cataluña, si tenemos una gran industria de oxígeno, naturaleza, sol, paz y tranquilidad.
Alberguería tiene que recuperar la imagen de lo que fue dentro de la comarca y para que nuestro pueblo no muera y sus fiestas no decaigan, deberemos unir nuestras voluntades colaborando todos para conseguirlo.
TERMINO ESTAS PALABRAS CON EL SIGUIENTE ESLOGAN:
NO TE OLVIDES DE ESTE PUEBLO
PUEBLO DE ALBERGUERÍA
VISITALO CON FRECUENCIA,
HAZ POR VOLVER ALGÚN DÍA
GRACIAS A TODOS POR VUESTRA PRESENCIA Y COMO COLOFÓN A MIS PALABRAS

GRITAD CONMIGO
¡VIVA ALBERGUERÍA!
¡VIVA SANTA ANA!
VIVAN LOS MAYORDOMOS

PREGON EN SANTA ANA 2006
Por ALBERTO LANCHAS GONZALEZ
Buenas tardes, Señor Alcalde, Señores Concejales, queridos familiares, vecinos y amigos todos.
Si pregonar es anunciar con énfasis algo importante para que todo el mundo lo conozca, lo que yo debería hacer, desde ya, es ponerme a proclamar a los cuatro vientos las excelencias de nuestro pueblo, de sus habitantes y de sus fiestas. Nada me resultaría más fácil, pues tengo sobrados motivos para conocerlas en profundidad. Pero no sería justo que hiciese tal, sin antes mostrar mi agradecimiento al Sr. Alcalde y al resto de la Corporación, por la deferencia que han tenido al brindarme la oportunidad de oficiar como Pregonero de las fiestas de Alberguería, en honor de su querida y excelsa Patrona Santa Ana. Representa un honor que llevaré con orgullo, aún desconociendo cuales han sido mis méritos para merecerlo, pero que siendo como soy, ALBERGALLO de corazón -que no de nacimiento-, hace que me sienta doblemente honrado por la distinción.
Es la primera vez que lanzo al aire un pregón, por lo que antes de acometer tan difícil compromiso, en el que mis predecesores demostraron tan buen hacer, ya os anticipo que os hablaré desde el sentimiento que guardo hacia el lugar que vio nacer a mis padres y en el que mis raíces profundizan no menos de cinco generaciones, y que no es otro, que un profundo amor y una inexorable querencia por este entrañable pueblo de Alberguería que, más aún que un pueblo, es para mi un sentimiento, un estado de ánimo.
No obstante, y como seguro a todo riesgo, hago mías las palabras de Antonio Banderas cuando, desde el balcón del Ayuntamiento de Málaga, pregonó: “que nadie espere alardes literarios, ni ripios floreados, ni retorcidas retóricas. Yo soy hijo del pueblo, y como tal me expresaré”.
Y partiendo de tal premisa, empezaré por decir que este pregón no puede ni debe quedarse en el simple anuncio oficial de lo que resulta evidente: el comienzo de las fiestas; sino en un canto a la historia de nuestro pueblo, a su pasado a través de las vivencias propias, a su futuro y, como no, a la grandeza y al mismo tiempo sencillez de sus gentes.
Así es, que para cumplir con lo dicho, introduzco en este punto el primero de tales cantos, que no es otro, que el de la historia de nuestro pueblo. Alberguería es un lugar con una historia tan grande como desconocida. Un lugar que tiene marcadas sus señas de identidad en los muros de su castillo que, aun malheridos por violentas guerras y maltratados, no tanto por los agentes atmosféricos como por la desconsiderada intervención del hombre, se resisten a desaparecer, como conscientes de su condición de ser mudos testigos de la historia y devenir, tanto del lugar como de las gentes que necesitadas de su amparo y protección, se aferraron a ellos creando el embrión de la Alberguería que hoy conocemos.
Y es, precisamente, por la tan estrecha relación entre la historia de Alberguería y la de su castillo que, me permitiré la licencia de evocar la primera apoyándome en hechos en los que, directa o indirectamente, es protagonista el segundo, pues tanto monta, monta tanto.
Así, la referencia documental más antigua que he podido localizar sobre Alberguería, está enmarcada en el siglo XIV. Se trata del interrogatorio realizado en el año 1376 por el juez Gonzalo Pérez de Zamora a campesinos de diversos pueblos de la tierra de Ciudad Rodrigo, acerca de la ocupación ilegal de términos comunales. Del mismo se deduce que la existencia del lugar de Alberguería data, cuando menos, del año 1366, fecha en que fue ilegalmente ocupado por Esteban Yañez Pacheco, caballero noble y principal del linaje de los Pacheco.
Pero es ya en el año 1474, cuando los esposos Alvar Pérez Osorio y María Pacheco se convierten en los primeros Señores de Alberguería, al serles concedida por Enrique IV la jurisdicción sobre el lugar, en agradecimiento a los servicios prestados por su montero mayor Esteban Pacheco, padre de María Pacheco, con el fin de que se pueble, ya que no disponían de tropa privada ni de nadie que defendiese su fortaleza.
Fijaos si sería grande la fama del talento, hermosura y riquezas de doña María Pacheco, que no dudó en pedir su mano un caballero como don Alvar Pérez Osorio, 1er. Marqués de Astorga, Señor de la Cepeda, Conde de Trastámara y Conde de Villalobos, el cual hubo de consentir en las capitulaciones matrimoniales que los hijos del matrimonio llevasen como primer apellido el de la madre.
Como anécdota, os cuento que fruto de las numerosas confrontaciones bélicas que padecen Ciudad Rodrigo y su tierra en los siglos XIII y XIV, resulta una clara política repobladora que da lugar a las llamadas "cartas de vecindad". En una de ellas, el rey Juan II ordena, que cualquier vecino de Portugal que viniese a morar a Ciudad Rodrigo y su tierra, quedaría exento de todo impuesto por 15 años. Y es aquí donde sale a relucir la chispa y agudeza de ingenio que atesoráis por estas tierras, consecuencia del cual, en 1447 fue necesario dictar una ordenanza en Ciudad Rodrigo, en los términos siguientes: "No se otorgarán cartas de vecindad a aquellos vecinos de la ciudad y su tierra que, por no pagar impuestos, se marchen a vivir al reino de Portugal, para después retornar al cabo de un tiempo y ganar la exención"-¡Vaya si eran listos!-.
Pero si la Guerra de Sucesión supuso cuatro años de continuas cabalgadas de los portugueses por las tierras de Ciudad Rodrigo arrasando y robando haciendas, no menos fatigas, sufrimientos y calamidades trajeron los veintiocho años de duración de la Guerra de la Restauración con Portugal. Valga como muestra que en el año 1643 Álvaro de Abrantes, gobernador de la Beira, atacó esta plaza apoderándose de ella y entregándola a las llamas, aunque sin poder rendir su castillo, por lo que se retiró a Alfayates, no sin antes talar y arrasar la campiña y llevarse los ganados.
Tan sólo unos años después, el 12 de marzo de 1660, invaden los portugueses el campo de Argañán con seis mil infantes y ochocientos hombres a caballo. Esta vez sí cae el castillo de Alberguería, que permanece en manos portuguesas hasta el mes de julio de 1661, en que lo recupera el duque de Osuna, recibiendo del rey orden de restaurarlo inmediatamente.
Perdido de nuevo, por segunda vez, los ejércitos de la Monarquía lo recuperan en el año 1664.
Todos estos hechos nos hablan de la gran importancia estratégica que tuvo Alberguería debido a su situación sobre la misma frontera y al hecho de contar con castillo fortaleza para ejercer el control de la misma, y de cuyo declive tenemos noticia a través del Catastro del Marqués de la Ensenada (Alberguería 1752), en el que se le define en estado de ruina y bajo propiedad de Don Vicente Moctezuma, Conde de Alba de Yeltes, Marqués de Cerralbo, Almarza y Flores Dávila.
En abril de 1949 fue declarado Bien de Interés Cultural.
Pero, como ya anticipé, es el momento de hacer el canto al pasado de nuestro pueblo a través de las propias vivencias. Y así empezaré por deciros que uno de los más intensos recuerdos que almaceno en mi memoria lejana, se refiere precisamente a uno de los primeros veranos que pasé aquí, contando a penas tres años.
Todos los años en cuanto nos daban las vacaciones nos veníamos a Alberguería. El verano significaba la ilusión y alegría de poder estar de nuevo con mis abuelos, tíos y primos, y con un buen montón de amigos con los que compartir un inagotable número de nuevas, divertidas y más que arriesgadas experiencias. Venir al pueblo significaba eso que tanto buscamos de mayores: libertad.
Aquí sentí la intensidad de la infancia, de la adolescencia, y de una buena parte de mi juventud, bajo el calor de los seres queridos y al amparo de los lazos familiares. Con cierta añoranza os digo que la Alberguería de aquel entonces era plenamente rural y se asomaba a un campo cuya variedad de olores, sonidos y sensaciones han quedado tan profundamente grabados en mi memoria, que su simple evocación me retrotrae inmediatamente a las vivencias de aquellos felices años. Frente a la enorme ciudad de donde venía, el Pueblo y sus gentes eran algo próximo, inmediato, que casi se podía sentir como un ser vivo.
Alberguería me ofrecía en aquel entonces,..prados, canchales, huertas y pinares, más una hermosa dehesa para correr y disfrutar;…nidos con huevos cuya ubicación celosamente ocultaba;… lagartos, bastardos, ranas y renacuajos;…mi primera jaula con pajarillo que alimentar y cuidar, cual “TAMAGOCHI”;…jugar a la chirumba, a “la olla”, a “zorro, pico, zaina”, a vistas, a guardias y contrabandistas, a los coches con carrocería de lata de sardinas y ruedas de carrete, a moler tierra en las paredes de la calleja de mi abuelo, a pastorear “bugallas” entre “engarillas” de paja y, como no recordarlo, a los arcos que, con tanto esmero nos enseñó a hacer Rogelio.
Alberguería me invitaba entonces,…a ir a Escuela con una lata llena de ascuas a modo de estufa;…a disfrutar del queso y de la leche de la Ayuda Americana;…a montar en el carro;…a trillar;…a ver mallar;…a hacer de tapón entre las piernas de los mayores para recoger la parva;…a ver la trilladora de Nino;…a recoger los cuernos del centeno;…a enrasar la media;…a atar los sacos de trigo;…a estorbar en la escalera del “sobrao” cuando subían los sacos, y a escaquearme para evitar los picores de la paja durante el acarreo;…a ver esquilar y poner “moreno” en los cortes;…a vendimiar y ver prensar;…a montar en la yegua de mi tío Hipólito, gracias a mi tía Tomasa;…a llevar las vacas en la burra, mejor que andando;…a vigilar a la burra durante las 2000 vueltas que, por lo menos, duraba el riego de la huerta, si no más, cuando coincidía que la pandilla te estaba esperando; y… a qué seguir: Un sin fin de cosas más que colmaron mi infancia y adolescencia de felices e inolvidables momentos.
Con el paso del tiempo fueron ya otros los gozos y las sombras de mis estancias en Alberguería. Sabéis que el tiempo filtra y dulcifica los recuerdos para que la vida y las cosas de nuestro pasado, vistas a través de la nostalgia, nos parezcan mejor de lo que en realidad fueron. De ahí aquello de que “Cualquier tiempo pasado fue mejor”. Quizá por eso me parece imposible, improcedente e incluso imprudente describir aquí tantos y tan buenos recuerdos como acuden a mi mente. Me lo vais a perdonar.
Pero Alberguería no es sólo pasado, sino también presente y futuro. Es patente hoy que el envejecimiento y la despoblación, las limitaciones administrativas, económicas y culturales, han venido estrangulado los procesos de desarrollo y están aupando a estas áreas de economía débil a enmarcarse entre las comarcas rurales que, eufemísticamente llaman “deprimidas”. Pero creo que debemos y podemos ser optimistas. La Comarca dispone de un amplio abanico de soportes y oportunidades: diversas y contrastadas unidades paisajísticas, producción de electricidad, alimentos de calidad, rico patrimonio natural e histórico-artístico, identidad cultural, etc. Pero, además, y como complemento a la posible solución que supondría la aplicación por parte de nuestros regidores de una acertada política de desarrollo rural sostenible, enfocada a la diversificación de las actividades económicas y sociales, en Alberguería tenemos mucho oxígeno, naturaleza, sol, paz y tranquilidad para ofrecer a esa civilización venidera, que necesariamente habrá de administrar su tiempo libre. ¡Seamos optimistas!, aunque con el mazo dando.
Pero, ¿que sería de un pregón si de las fiestas no hablase?. Pues eso, qué no sería tal. Hablemos pues de las fiestas. De ese retorno a nuestras raíces. De esa manifestación de nuestras señas de identidad que, es aquí, en pueblos pequeños como el nuestro, donde se pone de manifiesto el legado cultural y patrimonial que subyace bajo un modesto programa de fiestas.
De las nuestras decía Casiano Sánchez Aires, hace ya más de un siglo, en su libro “GEOGRAFÍA, HISTORICA Y ESTADÍSTICA DEL PARTIDO JUDICIAL DE CIUDAD RODRIGO”: “fiestas clásicas, la de Santiago y Sta. Ana, ésta con ofertorio y aquella con bailables y una touradinha. No suelen faltar puestos de golosinas, para tormento de chiquillos embelesados. Acude numeroso gentío, no sólo de España sino del Extranjero (Aldea de Ponte, Forcalhos, Aldea do Bispo, é de outros muitos populos portuenses).El día de Santa Ana llenan de roscas los brazos de las andas colocadas en el Presbiterio; hecha la festividad religiosa matutina con disparo de cohetes, procesión y demás, celebrase por la tarde el Ofertorio, sacando la Santa á la puerta de la Iglesia, y una vez terminado, procede el mayordomo en presencia del Cura á la pública licitación”
Creo que no puede quedar más claro el legado, el mantenimiento de la tradición. Nadie diría que no se trata de la descripción de la fiesta del año pasado . Por eso, y aunque el mundo de hoy esté marcado por lo que se conoce como el proceso de la globalización, por el que los modelos económicos, sociales y culturales de carácter mundial se imponen sobre los de carácter nacional o regional, debemos luchar para que dicho proceso no incida negativamente en la supervivencia y valoración de nuestras mejores tradiciones.
Las fiestas son un acontecimiento ritual, colectivo y cada vez menos espontáneo, desafortunadamente, del que el hombre ha tenido necesidad desde el principio de los tiempos. Las fiestas que tanta ilusión han hecho siempre a los jóvenes y a los no tan jóvenes, nos invitan a romper esa rutina que siempre amenaza con extender una capa de moho sobre la vida. Nos invitan a romper la monotonía. Nos colocan en una situación de confraternización, de relaciones sociales igualitarias, espontáneas y cercanas. Nos colocan, en definitiva, en una nueva y diferente realidad social.
¡Queridos familiares, amigos, vecinos y visitantes! ¡La fiesta empieza ya! ¡Olvidemos lo cotidiano y, diferencias al margen, unámonos todos para cantar, bailar y reír, dentro del mayor respeto y cordialidad. Esa es la diversión que debería manar abundantemente en estas Fiestas de Santa Ana
Pero antes, y ya para finalizar, quisiera haceros partícipes de la gran satisfacción que me ha producido haberme podido encontrar esta noche, frente a frente, con este Pueblo de Alberguería. Con la Alberguería de los míos, de los que son y de los que, aunque se fueron, permanecen vivos en mi memoria. Mi mejor recuerdo para todos ellos, pero… especialmente para mi madre. La Alberguería de mis amigos, de los que están y de los que se fueron….mi recuerdo para vosotros. La Alberguería de las mujeres y de los hombres que la habitaron y habitan, la más profunda esencia de "lo humano"….mi evocación y homenaje para todos vosotros. ¡Este es mi pueblo!
Gracias por vuestra presencia y por la atención que me habéis prestado.
Y ahora, gritad conmigo:
¡Viva Santa Ana!
¡Viva Alberguería!
¡Vivan los Mayordomos, madrinas y padrinos!
¡Vivan sus fiestas!


La Alberguería de Argañán, 25 de julio de 2006.
APODOS Y GENTILICIOS DE ALBERGUERIA DE ARGAÑAN
Aguardientera-apodo
Agustinillo-apodo
Alonso-apodo
Bacalao-apodo
Barreras-apodo
Belfo-apodo
Berraco-apodo
Bertolamé-apodo
Braguillas-apodo
Cain-apodo
Calabozo-apodo
Calvosotelo-apodo
Camboyo-apodo
Canguengue-apodo
Carlitos-apodo
Carrisa-apodo
Carriso-apodo
Catramulo-apodo
Cebollas-apodo
Cevilón-apodo
Chan de Carrizo-topónimo
Charizo-apodo
Chaval-apodo
Chavoco-apodo
Chicuelo-apodo
Chiquilla-apodo
Chiquillo-apodo
Chivito-apodo
Cocherito-apodo
Corredera-apodo
Dientes-apodo
El Bracero-topónimo
El Calvario-topónimo
El Canchal Taren-topónimo
El Charaiz-topónimo
El Crelvo-topónimo
El Lanchón-topónimo
El Pontón-topónimo
El Risco-topónimo
El Robledo-topónimo
El Rodeo-topónimo
El Venticierzo-topónimo
Farinha-apodo
Fariña-apodo
Florentino-apodo
Foroso-apodo
Genaro-apodo
Goberniche-apodo
Guarrito-apodo
Guerré-apodo
Hornera-apodo
Joselito-apodo
La Atalaya-topónimo
La Chata-topónimo
La Consolación-topónimo
La Fresnada-topónimo
La Fuentita-topónimo
La Ladera-topónimo
La Lancha Aguzadera-topónimo
La Lobada-topónimo
La Majada-topónimo
La Moheda-topónimo
Lanchas-topónimo
Landrú-apodo
Las Aventureras-topónimo
Las Batocas-topónimo
Las Cogorzas-topónimo
Las Cuestas-topónimo
Las Lanchas-topónimo
Las Minas-topónimo
Las Remalladas-topónimo
Las Trigueras-topónimo
Las Viñas-topónimo
Legaña-apodo
Liencera-apodo
Los Basiles-topónimo
Los Calderones-topónimo
Los Cotorritos-topónimo
Los Pedernales-topónimo
Los Quemados-topónimo
Manca-apodo
Mangoté-apodo
Mañanitas-apodo
Matias-apodo
Milhombres-apodo
Moceque-apodo
Moco-apodo
Moro-apodo
Moscailo-apodo
Motilón-apodo
Mundicio-apodo
Nardito-apodo
Navito-apodo
Negra-apodo
Negrito-apodo
Paino-apodo
Palos-apodo
Pilili-apodo
Pintado-apodo
Piranga-apodo
Poibajo-apodo
Portuguesón-apodo
Quintin-apodo
Rana-apodo
Ratones-apodo
Revuelve-apodo
Rola-apodo
Rolo-apodo
Rusa-apodo
Sacristán-apodo
Sarralleiro-apodo
Sin Culo-apodo
Taren-apodo
Tenderillo-apodo
Terrobé-apodo
Tragantier-apodo
Trocas-apodo
Val de los prados-topónimo
Val de la Mancha-topónimo
Verdejo-apodo
Vila-apodo
Yeque-apodo
María García
C/ Mayor 33, 1º 20800 Sevilla
Nacida el 12 de marzo de 1974
Teléfono: (91) 939 93 89
DNI 13.099.009
E-mail: maria@mail.com
FORMACIÓN ACADÉMICA
1994-98 Licenciada en Psicología por la Universidad de Deusto
FORMACIÓN COMPLEMENTARIA
- Título de Monitora de tiempo libre (1995)

- Curso de ofimática en la Academia Beps de Santander. (septiembre'95-enero'96). 300 horas.

- Curso de atención a la tercera edad. Madrid. (junio'96-septiembre'97). 600 horas.

- XX Congreso internacional de Psicología para la tercera edad.
EXPERIENCIA LABORAL
1994-98 Monitora en el club de tiempo libre de personas con síndrome de down, Txolarte. Acciones: salidas al monte, campamentos, excursiones y juegos.

1997 Prácticas en el geriátrico Virgen de la Cruz de Deusto. Funciones: Organizar actividades de tiempo libre, acompañar en los paseos.

Verano'95 Animadora sociocultural en el Hotel Blanca de Santander.
INFORMÁTICA
Photoshop, Corel, Acrobat, Office, Page Maker
IDIOMAS
Inglés
Nivel alto oral y escrito
OTROS DATOS DE INTERÉS
- Voluntaria de la Cruz Roja

- Socia de la ONG. Psicólogos Sin Fronteras